La gran ciudad es como un gran ogro, que avanza y avanza sin mirar el la tierra aplastada bajo sus pies. Todo tiene la apariencia de trancurrir a pasos agigantados. El tiempo es un preciado tesoro, que día tras día, vamos gastando, y con el tiempo nos vamos dando cuenta de lo que no hemos disfrutado mientras lo gastábamos. La naturaleza, el frío del invierno, la belleza de la primavera, el amor, el desamor, la amistad, la ternura y la buena comida. Todo eso nos perdemos los habitantes de una ciudad como Madrid. Lo último, la buena comida, es rara avis en los nuevos-viejos establecimientos hosteleros de la villa y corte. Todos anuncian omenús caseros. Comidas que nos evocan la cocina de nuestros padres, el sabor de otros tiempos, la cocina de nuestros viejos pueblos, donde el tiempo era tan precioso para todo lo que llevaban a cabo, que todo lo hacían a conciencia. Escogiendo bien los ingredientes, y en su justa cocción, salían de los pucheros de nuestros abuelos auténticas obras de arte.
Actualmente este arte de la buena mesa, se intenta copiar en los retaurantes y cafeterías de Madrid. Los resultados están a la vista. Cocidos que no saben a cocido, fabadas con sabor a plástico, migas esponjosas, callos insípidos, paellas insulsas. La gastronomía de toda la vida echada a perder. Y todo por querer sembrar en baldío. Por querer hacer las cosas en el mínimo tiempo para el máximo de gente. El resultado: Spanish fast food.
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